Posted On 3 noviembre, 2021 By In corresponsalias, Portada, Uncategorized With 182 Views

El sur en su encrucijada, la violencia por ausencia.

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El sur representa fronteras, ya sean interestatales entre Chiapas, Tabasco, Oaxaca; o externas, que conectan el sur del continente con el norte. Dichas fronteras están asociadas a diversos factores: económicos, políticos y sociales. Los problemas ancestrales del estado de Chiapas parecen ponerlo en la encrucijada de que sean imparables y desborden la poca o nula presencia del Estado, o la demasiada y bien calculada presencia del Estado y un sinnúmero de intereses económicos del imperio, del capital local y nacional.

En la complejidad de una entidad en donde predomina el mundo campesino-indígena, con su pobreza crónica; la desigualdad y la exclusión, hoy reaparece con fuerza, llenando el escenario de debilidades, fortalezas y vacíos.

Además, la región fue testigo y tiene precedentes de la llegada de miles de refugiados de la vecina Guatemala desde 1982 a 1994. Hoy, el fenómeno migratorio es de otro alcance, razones y gravedad. 

Chiapas ha sido de lucha política y de una larga travesía por mejorar. Somos expectantes ante la violencia política del Estado mexicano en la matanza de Golonchán (1980), en Chalchihuitán (1983), en Acteal (1997), El Bosque (1988), Venustiano Carranza (1976), por citar algunos ejemplos, en donde, la lucha agraria ha dejado el saldo de decenas de muertes y la impunidad como sello.

Desde los años setenta del siglo pasado, la lucha agraria y la demanda de derechos sociales en específico, ha marcado las formas de participación y de organizarse de la sociedad. El poder político tiene dos características como gobierno. En Chiapas el gobierno se decide desde el centro y desde otros intereses más externos, siendo el PNR, primero, y el PRI, los partidos que dominaron la arena política. El otro, es que las élites son quienes al final se imponen en los municipios, el maridaje perfecto: política y poder económico.

En tiempos más recientes, en la década de los años noventa y ya con el neoliberalismo como forma de gobierno (la modernidad del gobierno de Patrocinio González Garrido), el narcotráfico puso a Chiapas en la escena, pues se convirtió en el paso obligado de cargamentos provenientes de Colombia. El trasiego era complemento de la producción de mariguana y amapola en regiones como los Altos, Selva, Marqués de Comillas y la Frontera.

Hacia fines del siglo XX, y ya con la presencia del EZLN marcando -en sus primeros años-territorios bajo su control, limitó la presencia en grandes franjas de la geografía chiapaneca, pero no evitó que la violencia se caracterizara como forma de hacer política, subiendo los casos de las personas secuestradas, extorsionadas, la abierta presencia de carteles como el del Golfo, Zetas, del Pacífico o Sinaloa, quienes se dedicaban, aprovechando el hecho de que mucha gente seguía migrando desde Centroamérica, pero también muchas personas de Chiapas, ya fueran campesinas, indígenas y mestizas. El trasiego de armas fue un provechoso negocio y el recurso de grupos para “defenderse” de otros, pero la pregunta es ¿de quién o de quiénes son las (auto) defensas?

De la mano de la presencia cada vez más abierta de los carteles de drogas, el tráfico de armas, de redes de trata de personas, incluso de migrantes, en las regiones de Chiapas como la Frontera, Altos, Selva y Norte han crecido los problemas de violencia -criminal-, y ponen a  la sociedad en la encrucijada de formas de organización política y la lucha por sus derechos, que se caracteriza por la ausencia aparente del Estado, y la crisis que hoy padecen la mayor parte de las organizaciones políticas. Si bien mucha gente opta por una vía de participación política electoral, la protesta social aumenta y da señales de no necesitar ser atendida por el gobierno sino de construir alternativas autónomas, pero dejando también vacíos que la violencia llena, lo cual motiva que, a mayor violencia, el crimen organizado encuentre mayores espacios de control territorial.

Chiapas es el campo en disputa de una región que se caracteriza por sus recursos (en crisis, por cierto), y de la presencia de una insurgencia en tránsito a la participación política, y de organizaciones que giran a otras formas de lucha como la agroecología, y la participación electoral, lo cual nos lleva a entender nuevas realidades como las que hoy vivimos en torno a la violencia y al crecimiento de la delincuencia, ante la ausencia de un gobierno que no entiende su propio papel. No es Estado fallido, es un Estado que se caracteriza por dejar hacer y cerrar los ojos ya que lo han sabido canalizar para mantener el poder político. Dinero público como punto de partida. Ya abundaremos en posteriores entregas.

Héctor Paniagua Burguete

Corresponsal en el sur

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