El discurso tramposo como método
Da la impresión de que la historia se repite, aunque en contextos y con personajes diferentes. Si entendemos que la historia se desarrolla como una espiral dialéctica, identificamos momentos que nos recuerdan etapas que creíamos superadas. Sin embargo, la situación actual es más compleja porque integra elementos contemporáneos que le dan una dinámica diferente.
De la historia aprendemos mucho si mantenemos el análisis de la lucha de clases, hoy negada por intelectuales posmodernos mediante un discurso relativista extremo. Esta postura sostiene que es imposible conocer la realidad social y, mucho menos, transformarla. Bajo la premisa de que “todo es relativo”, todas las cosmovisiones serían válidas, lo que anula cualquier posibilidad de unificar acuerdos para organizarse y cambiar la situación. De ahí la cantaleta de “tengo otros datos” o “todas las opiniones son respetables”, que utilizaba constantemente López Obrador para evadir los cuestionamientos en sus conferencias mañaneras.
Desde luego, toda opinión refleja una forma de ver el mundo y está marcada por una ideología que defiende intereses de clase, se tenga conciencia o no. Por eso, una parte del trabajo político es desmontar la ideología dominante para aproximarnos al conocimiento real de la sociedad para transformarla, un proceso que es largo y complejo.
Al igual que los antiguos sofistas, los intelectuales posmodernos descalifican el discurso basado en datos objetivos y lo cambian por una narrativa que busca despertar emociones mediante el arte de la persuasión. Su habilidad es innegable: logran convencer a las mayorías cuando falta formación teórica y militante, y cuando se abandona el análisis de la lucha de clases, donde el Estado ocupa un lugar central como aparato de dominación.
Para los sofistas griegos, el objetivo principal era convencer al oyente mediante una mezcla de argumentos lógicos y mentiras; en cambio, para Sócrates el fin del discurso era la búsqueda incansable de la verdad. A partir del siglo V a. C., el término “sofista” comenzó a asociarse con el “farsante” o el “charlatán”, y se aplicó no solo a filósofos, sino a poetas, escritores, oradores y maestros de la retórica.
Los modernos sofistas son estafadores ideológicos al servicio del Estado y por eso es urgente desmontar, entender y combatir su estrategia. Su arsenal es la retórica, el relativismo y la persuasión. Pero más allá de su elocuencia, cuentan con un historial en la “izquierda” que en apariencia los valida como representantes del pueblo, cuando en realidad legitiman a un Estado que defiende los intereses del gran capital nacional y extranjero. Han sido cooptados por la Cuarta Transformación para simular que “no son iguales” y aparentar que las instituciones ahora sí defienden a las mayorías.
A esta figura del engaño sofista se ajusta perfectamente el exjefe de Materiales y Recursos Educativos de la SEP, Marx Arriaga. Aunque fue relevado de su cargo por pugnas internas dentro del aparato gubernamental y reubicado como docente en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, es evidente que sigue operando para el proyecto estatal, pues hoy dicta conferencias en escuelas normales emblemáticas, reconocidas por su historia de lucha y resistencia.
El nuevo discurso sofista de Arriaga tiene una doble cara. Mediante una retórica de “izquierda”, busca convencer a los jóvenes que desconfían de la Cuarta Transformación y mantienen una actitud combativa a través de la protesta callejera, la toma de casetas y planteles o el bloqueo de carreteras. Estas acciones incomodan al gobierno porque, en determinado momento, lo obligarían a ejercer la represión directa. Por ello, la selección de las normales que visita Arriaga no es casual: Ayotzinapa, Teteles y Tiripetío.
La maniobra de Marx Arriaga consiste en validar la inconformidad estudiantil para luego encauzarla hacia la negociación por “vías oficiales”, bajo el argumento de que otras formas de presión son inconvenientes. Este discurso seduce a algunos sectores, desmoviliza la protesta y confronta a quienes se resisten a la línea oficial. Su destreza retórica “apantalla” a quienes no estén prevenidos; por algo es un cuadro útil para el Estado.
Marx Arriaga (tocayo de quien se estará revolcando en su tumba), tiene un amplio conocimiento sobre la educación crítica, pero cae en sus propias contradicciones, pues por lado plantea la organización estudiantil y por el otro, desliza el camino del humanismo mexicano y asume una defensa de la posición ideológica de la 4 T. Su discurso no queda en palabras, pues propone la creación de Comités en Defensa de la Educación en todo el país, que nadie duda que sea una demanda legítima, pero no supera los límites que le impone el Estado y finalmente sirve para legitimarlo.
Más allá de la habilidad de este flamante orador que estremece los muros de las normales y conmueve a sus oyentes, sostenemos que la organización social debe construirse con total independencia del aparato estatal. Se requiere un movimiento amplio que organice a las clases oprimidas bajo un proyecto que verdaderamente se proponga una transformación de fondo para el país. A eso le apostamos y por eso luchamos.











