Posted On 10 abril, 2022 By In Portada With 204 Views

Mujeres revolucionarias, la memoria de nuestras tierras, de nuestras luchas.

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“Soy zapatista del estado de Morelos,

porque proclamo el Plan de Ayala y de San Luis,

sino le cumplen lo que al pueblo le ofrecieron,

sobre las armas los hemos de hacer cumplir.”

Soy zapatista del Estado de Morelos.

Marciano Silva, canción popular revolucionaria

A 103 años del asesinato de Emiliano Zapata que perpetró la traición Guajardista por órdenes del genocida Venustiano Carranza, rescatamos desde la memoria de los pueblos, la historia, la lucha por la libertad política, económica, ideológica de la gesta revolucionaria, que inició por lo menos desde 1892 con las revueltas magonistas en distintos puntos del país, la bola se convirtió en sublevaciones que se expandieron rápida y profundamente en diferentes regiones y territorios, para el 20 de noviembre de 1910 logró aglutinar el acuerdo de distintos grupos políticos del país para intensificar la lucha contra la dictadura del dictador Porfirio Díaz y generó una articulación de unidad de los pueblos en marzo de 1911 por la liberación nacional y la liberación social, redimiendo a la patria desde el seno del pueblo.

En febrero de 1911 Gabriel El Viejo Tepepa veterano de la guerra contra la invasión francesa, daba ejemplo una vez más de lucha de liberación peleando contra batallones de infantería porfiristas. En marzo los representantes de los pueblos eligieron a Emiliano Zapata para encabezar la guerra revolucionaria, después de cuatro meses de buscar diálogo con Madero para unificar acuerdos revolucionarios y, encontrar que, para los maderistas “no era conveniente precipitarse para comenzar la lucha armada…[…]…que era muy bueno el sufragio efectivo y la no relección, pero que antes que pensar en la política había que pensar en la tortilla para todos los mexicanos…[…]…que esa bandera no era nueva sino que ya antes la habían enarbolado Morelos y que era natural que nosotros hijos del estado que lleva su nombre defendiéramos esos ideales”[i] .  

Como respuesta a ello, la historia vio nacer el 11 de marzo de 1911 a las 11 de la noche en el kiosko de Villa de Ayala la marcha de los pueblos por la revolución del sur al grito de ¡Abajo haciendas! ¡Viva pueblos! la “multitud insurrecta de pueblo en pueblo” formada por columnas de combatientes que pronto constituyó al Ejercito Libertador del Sur.

Contra el silencio, el olvido y la invisibilización de la historiografía dominante, rescatamos la memoria histórica de la lucha y experiencia de las mujeres en esta guerra revolucionaria. Es necesario precisar que contrario a las ideas comunes de pensar que solo eran soldaderas y adelitas que seguían a sus hombres en la bola, las mujeres revolucionarias no eran soldaderas de la bola, sí eran combatientes zapatistas convencidas de su participación en la revolución.

Las mujeres pensamos y decidimos nuestra participación política civil y armada en cada etapa histórica, innegable es que hay hechos que escapan a nuestras decisiones o las enfatizan, no hay pureza en la historia, no todo es blanco o negro en la gama de matices donde se funda la libertad del mañana.

La participación de las mujeres en la revolución es continuidad de la lucha de otras mujeres  en la independencia, mujeres independentistas como Antonia Nava y Catalina González,que sin reconocido prestigio ofrecieron sus vidas  junto a otro grupo de mujeres, durante el sitio de Tlacotepec, hoy Guerrero, ante el general Nicolás Bravo, dijeron “No podemos pelear, pero podemos servir de alimento para que sea repartido como ración a los soldados”[ii], sin permitir ese tipo de sacrificio, tal acción alentó a los soldados independentistas para seguir luchando, las mujeres se armaron de machetes y palos y también salieron a pelear contra el enemigo.

Hubo mujeres como Alta Gracia Mercado, o Manuela Medina, que con sus propios recursos armaron y encabezaron ejércitos para luchar contra los realistas y unirse a las Tropas de Morelos, o María Luisa Martínez de García Rojas, Gertrudis Bocanegra, María Dolores Basurto, Carmen Camacho, que fueron mensajeras insurgentes, aportaban víveres, recursos, daban cobijo a los rebeldes y dieron su propia vida por la independencia.

El ejemplo de estas mujeres de 1810 seguía vivo un siglo después en todas las fracciones que se produjeron en la revolución mexicana, precisamos que no escribimos para hablar de las mujeres de la revolución que tomaron causa por el maderismo o el constitucionalismo, y sí por las que pelearon por un proyecto político de transformación social real, como las libertarias del Partido Liberal Mexicano, “las magonistas” entre las que encontramos a combatientes con mando como Isabel Díaz de Pensamiento, Lucrecia Toriz, Dolores Larios, Carmen Cruz, o periodistas como Trinidad Saucedo, Sara Estela Ramírez, Juana B. Gutiérrez de Mendoza, Elisa Acuña y Rosetti entre muchas más; otras revolucionarias son las villistas” que tomaron las armas y tuvieron grados militares como María Quinteras de Meras,  Petra Herrera, Carmen Parra “La Coronela Alanís” o las enfermeras que antecedieron el tren de salud de Villa cómo Adela Velarde Pérez , Leonor Villegas, entre muchas otras. Particularmente en este escrito nombraremos a las combatientes zapatistas.

Las condiciones de vida que obligaron a esta guerra armada las encontramos al saber que en un país con 15.2 millones de habitantes en 1910[iii] el 90% de los habitantes vivía en pobreza extrema y marginación  “en promedio cada persona consumía 13 kilos de azúcar al año, 24 de arroz y 2 kg de frijol, los salarios cuando había, eran miseros, una mujer se vendía por 6 centavos y un hombre por cinco pesos”[iv].

La gente se moría de desnutrición crónica, condición que determinó el auge de otras enfermedades como paludismo, viruela, escarlatina, tuberculosis, tifoidea, neumonía, sarampión, tos ferina, tétanos, rabia, dengue, nefritis, cólera, poliomielitis, difteria, encefalitis, a las que se sumaron años más tarde la fiebre amarilla, peste, tifo, y la pandemia por influenza española en 1918.

Los campesinos venían de un proceso de despojo de la tierra por la hacienda capitalista, existían cientos de miles de peones acasillados, deportaciones masivas a trabajos forzados en Oaxaca, Yucatán, Chihuahua o Cuba, en las ciudades se intensificó la explotación de los obreros, costureras, lavanderas que trabajaban jornadas extenuantes en condiciones deplorables. Un combatiente anónimo que viajaba de la ciudad de México a Morelos dejó testimonio de lo visto a su paso:

 “Daba tristeza ver niños pequeños caminando descalzos, bajo el sol ardiente de aquellos días; mujeres llevando pesados fardos, tal vez todo su patrimonio, sobre sus espaldas; hombres materialmente agobiados bajo el peso de sus cereales, la ropa de los suyos y lo más indispensables utensilios de la casa; enfermos que caminaban por sus pies, ora apoyados y aun sobre las espaldas de algunos viajeros compadecidos que, naturalmente, no les podían prestar ayuda continua”[v].

Ante una política de control, explotación, segregación, acaparamiento y usura para el exterminio de la población, los revolucionarios zapatistas promulgan el Plan de Ayala en noviembre de 1911 programa de lucha e ideario político del ejército insurgente y de la revolución, firmado por todos los jefes zapatistas y por cuatro mil combatientes que juraron frente a la bandera “acabar con la tiranía que nos oprime y redimir a la Patria de las dictaduras que nos imponen”.

El testimonio de Longonio Rojas Alonso del Ejército Libertador “… El Plan de Ayala lo firmamos, no con tinta ni sólo en el papel, sino con el corazón de nosotros los zapatistas viejos; el Plan de Ayala lo hemos firmado con el corazón de nosotros, mañana nos morimos, pero quedan nuestros hijos. Ese Plan de Ayala, como tengo un hijo, ahora él puede decir: “la tierra no fue regateada, sino pagada con la sangre de los zapatistas que murieron en el campo, en los valles”. Con eso está pagada la tierra, no porque nos la regaló el gobierno, porque nos quiere mucho, sino con la sangre fue pagada y no como se dice ahora que con dólares, que quién sabe qué, sino con sangre…” [vi]

Las mujeres revolucionarias zapatistas, la mayoría de ellas campesinas anónimas con carencias extremas de recursos de vida participaron en todas las líneas de combate para defender el Plan de Ayala, las hubo con mandos militares, espías, mensajeras clandestinas de guerra, en las brigadas de prensa, redactando manifiestos, consiguiendo recursos, vendiendo enceres, recolectando cargas de maíz, víveres, leña, ropa, cobijas, zacate, medicamentos, plantas, vendas y materiales para atención de enfermos y heridos, hubo enfermeras, curanderas, médicas, maestras, todas ellas necesarias para la lucha del Ejército Revolucionario del Sur que comandaba Emiliano Zapata y que se extendió de Villa de Ayala a Morelos, Guerrero, Puebla, Estado de México, Ciudad de México, Veracruz, Tlaxcala, Oaxaca y a diferentes países del mundo.

Para reconocerlas y recordarlas “volver a pasarlas por el corazón”[vii], nombraremos a cada una de las combatientes zapatistas cuya memoria en la historia de los pueblos pervive hasta hoy, y de las cuales tenemos registro, aunque sabemos que existen miles más; Comenzamos con las mujeres que lucharon militarmente con grado de coronelas: Rosa Padilla Camacho, coronela de Caballería, María de la Luz Espinosa Barrera, la coronela de Yautepec, la coronela Simona Rodríguez, Juana Belem Gutiérrez, condujo un ejército conformado por mujeres viudas y huérfanas que perdieron a sus compañeros en la lucha.

La coronela Rosa Bobadilla asumió las armas después del asesinato de su esposo en campaña, libró más de 168 acciones de guerra, tuvo bajo su mando a más de 1500 hombres. La coronela Amelia Robles, Amelio Robles, guerrerense tuvo bajo su mando cerca de 600 hombres, más de 70 acciones armadas, participó en la toma de Chilapa, Tixtla y Chilpancingo.

“Estaba yo estudiando. Quería ser médico. Pero qué quiere usted, vino la bola y me fui a la bola. Al principio, mi decisión no dejó de ser una mera locura, pero después supe lo que defiende un revolucionario y defendí el Plan de Ayala” Huerta había matado a Madero y fui contra Huerta. Carranza era sólo un mistificador de la Revolución y combatí a Carranza.” Ángel Robles.[viii]

La teniente Petra Ruíz, “Pedro Chavala”, fue la que más balas hecho en la toma de la Ciudad de México en 1914, Encarnación Mares, Catalina Zapata Muñoz con grados de subteniente, capitán primero respectivamente, Catalina era la encargada de proveer pertrechos de guerra e informes de actividades federales al ejercito zapatista, mientras que la soldado de caballería Juana Castro Vázquez, desde marzo de 1913 militó bajo las órdenes del coronel Efrén Román Aranda, levantándose en armas contra los huertistas y carrancistas en Guerrero, el  Peregrino,  en  La  Bocana,  en  el  sitio  y  toma de  la plaza de Pantitlán, en Ejido Viejo y en el ataque a la plaza de San Marcos y a la fábrica de Aguas Blancas, combatió en Pajarito y Tierra Colorada, en Mexcala y la toma  de  las  plazas  de  Ayutla  y Chilpancingo. 

Hubo mujeres con mando de tropa de las que no sabemos su grado militar pero la historia recuerda que Juana Ramona R. Flores, “La Tigresa” o “Güera Carrasco” comandaba una tropa en Sinaloa de casi 100 hombres, tomó varias ciudades por asalto, Carmen Vélez “La Generala” tenía bajo su mando a al menos 300 combatientes del ELS en Hidalgo y Tlaxcala. Margarita Neri mujer maya originaria de Quintana Roo mantuvo una tropa de 700 indígenas, con 300 hombres derrotaron a los federales en uno de los múltiples hechos de armas que lideró.

Están en este grupo las mujeres de Puente de Ixtla que se levantaron en armas en esa localidad con su propio batallón, para “vengar a sus muertos”[ix] teniendo como algunas de sus principales dirigentes a Luz Crespo y “La China” que había sido tortillera antes de sublevarse. María Quinteras que no perdió una sola batalla, Ángela Jiménez, se decía Ángel Jiménez era “maestra en dinamitas” espía y a veces cocinera, se unió a la revolución junto con su padre, luchó en Oaxaca, en el centro y norte del país, por heridas de bala tuvo que dejar el ejército y emigró a Texas y luego a California Estados Unidos, fundó la organización Veteranos de la Revolución años más tarde y fue defensora de los derechos de los chicanos en aquel país.

Algunas combatientes estuvieron al servicio directo de los generales Zapata o Genovevo de la O, en labores armadas, como espías y mensajeras como Buenaventura García vda. de Colima, Evarista Contreras o Dina Querido de Moreno que además de ser maestra de primaria, fungió como enfermera para atender heridos de guerra, su familia y ella aportaron dinero, granos y forraje para el sostenimiento de la causa revolucionaria.

Las combatientes Juliana Flores Nava, Celsa González Pérez, Buenaventura García, Dolores Tapia, Cira Sánchez, Ignacia Pela Hernández, Irene Copado Valdés, Alberta Galindo Montilla, Gregoria Zúñiga Benítez, Joaquina Valle Quiroz, Irene Merino Barrera, Angela Castillo Reynoso, Espiridiona Flores Martínez y Josefina Cano de Silva libraron hechos de armas en el Ejercito Libertador del Sur peleando contra huertistas y carrancistas, algunas de ellas, heridas, estuvieron internadas en el hospital militar de Cuautla, otras como Josefa Espejo posteriormente tuvieron tareas como responsables de construir escuelas, en este caso la escuela secundaria “Tierra y Libertad” en la Villa de Ayala. Carmen Parra “La Coronela Alanís” combatió en el ejercito de villa con mando de tropa participó en múltiples hechos de armas y fue mensajera del ELS, fue detenida en Veracruz cuando llevaba documentos de Emiliano Zapata a Gildardo Magaña.

Mercedes Haro Hernández se encargaba de la distribución de armas, para evitar sospechas vendía leña en su casa en Tacuba, durante la toma de Cuernavaca ella era la responsable de controlar precios, localizar y distribuir víveres, evitar acaparadores y coyotes.

Entre las combatientes sin mando de tropa que hicieron labor de espías, mensajeras clandestinas del ELS encontramos a Ana María Garcini, la poblana Paulina Maraver,  Ignacia Vázquez de Pacheco, Donaciana Mojas, Isabel Quintana, Áurea Olivares, Isabel Ramos, Guadalupe Bastida, Laura Mendoza vda. de Orozco, María Reyes González, Carmen Valderrama vda. de Marino Sánchez, Vicenta Flores, Julia Mora, Ana Manzanilla, Esperanza Chavarría, Petra Ortiz, Carmen Valderrama, Julia Urrutia, María Félix Torres Cuevas, “La Sureña” , Carmen de la Costeña, Francisca González Chávez que se hizo mensajera del ELS luego de que los carrancistas mataron a su esposo, Ángela Gómez Saldaña se incorporó a la Revolución en marzo de 1911 como agente confidencial del general Zapata, llevaba y traía información a los jefes zapatistas sobre las acciones de los federales; conseguía y repartía armas a los campamentos revolucionarios.

Virginia Ramos Mejía, bajo las órdenes de Eufemio Zapata, era correo, se encargaba de traslado de papel desde la fábrica de San Rafael hasta el Cuartel General de Tlaltizapán. Beatriz García era espía del ELS, presidenta municipal de Tulancingo, Puebla, reporta con anticipación a Zapata sobre desplazamientos del pueblo de Tecomatlán, Acatlán hacia Chinantla que era procarrancista o a Acatlán donde estaban las fuerzas enemigas.

Petra López viuda de Noriega, colaboró como correo entre Villa y Zapata, y con jefes rebeldes del Estado de Hidalgo, propietaria de la hacienda Tampaxal en San Luis Potosí en 1913 repartió armas a los trabajadores de su finca y junto con su hijo Antonio se sublevó contra los huertistas. Realizaron ataques a líneas de ferrocarril en Querétaro. Puso sus recursos económicos al servicio de sus tareas clandestinas. debiendo cruzar áreas controladas por el enemigo común. López informa a Zapata lo siguiente:

“He caído varias veces presa, pero me he defendido con pura lengua, viéndome en peligros serios, como se lo probaré con varios periódicos que conservo en mi poder. Me dice Evangelina que usted dijo que yo había entregado unos documentos del archivo de ustedes a Pablo González […]. Yo jamás he tenido en mis manos documentos de ese archivo y si los hubiera tenido, tengo más firmeza y más integridad que la que pueda tener un hombre, para despedazarlos antes que entregarlos. Si hablé con Pablo González fue porque me mandó aprehender […].”

Apolinaria Flores era espía y curandera que atendía a heridos zapatistas con herbolaria y métodos tradicionales, su casa al pie del Tepozteco daba refugio a revolucionarios y al general Zapata. Se encargaba de labores de espionaje y traslado de armas.

Las mensajeras, espías, correos, eran especialmente audaces fuertes y valientes, tenían gran capacidad para camuflaje de los documentos ya sea en cañas de azúcar huecas, en los dobladillos de las faldas o en los guaraches, resguardaban con su vida la importante correspondencia.

Recordamos a Felipa Castellanos que hizo seis viajes al norte del país llevando correspondencia de Zapata a Villa, el último de ellos lo hizo en tren pero las primeras cinco veces se movió caminando; tardaba casi tres meses en llegar y otros tres en regresar a Morelos; Vicenta Flores, era responsable del comercio zapatista con pueblos de Guerrero, viajó siete veces a ese estado para traer ganado y cotidianamente transportaba víveres de la ciudad de México a Tepoztlán o Cuernavaca; unas veces iba por Ozumba y otras por Atlixco en todas las ocasiones llevaba importante correspondencia.

De Clotilde López, Doña Clotilde se dice que “era la más valiente correo y experimentada espía; ella era nativa del pueblo de Tecpatán [Chiapas], llevaba y traía siempre el correo entre Chiapas y Morelos a El Jilguero de Chiapas. Siempre iba y venía y nadie sospechaba de ella […]. Ella fingía que iba vendiendo chácharas, como comerciante en pequeño; con su mercadería bajaba a Oaxaca y de ahí a Morelos. Exponía su vida y varias veces estuvo a punto de ser capturada, pues cruzaba un terreno que estaba en poder de los carrancistas. Como tenía un aspecto inofensivo de mujer humilde, quien iba a imaginar que andaba armada con pistola y hasta correspondencia muy comprometedora”.[x]

Las mujeres que se sumaron a la lucha revolucionaria como escritoras, en labores periodísticas, en brigadas de prensa, estuvieron también presentes en el ELS, su labor fue fundamental para difundir la causa revolucionaria a nivel local, regional, nacional e internacional. La periodista Elisa Acuña Rossetti, colaboró con las fuerzas zapatistas como propagandista en Puebla, y más tarde fue enlace entre zapatistas y carrancistas. Permaneció fiel al Ejército Libertador del Sur hasta abril de 1919. Al término de la Revolución ocupó cargos directivos en el Consejo Feminista Mexicano y en la Liga Panamericana de Mujeres.

La periodista Liberal Juana Belém Gutiérrez, originaria de Durango, se vinculó al ELS en 1911, con Zapata formó el Regimiento Victoria, al que dirigió con el grado de coronela. En diciembre de 1915 envía misiva a Zapata donde explicaba que había recomendado al coronel Rojas y a Casals que si entraban a Toluca no quedara “piedra sobre piedra, por donde pase el “Regimiento Victoria”. Zapata ratifica la orden para que el Regimiento Victoria marche hacia el Valle de Toluca. Entre los múltiples trabajos revolucionarios que desempeño dio continuidad a proyectos para la producción de material de guerra (bombas, un cañón) para la Brigada Roja de la División de Zapata, años más tarde se sumó al programa de alfabetización vasconcelista posrevolucionario. En 1926 fundó la asociación proindigenista Consejo de Caxcanes. Reinició el periódico Vésper en 1932.

Dolores Jiménez y Muro, en 1901 colaboró con la redacción del programa del Partido Liberal Mexicano, escribió el Plan Político y Social de Tacubaya en donde pedía protección a los pueblos indígenas y derechos laborales. Imprimió así diez mil ejemplares en la imprenta de Antonio Navarrete, organizó diversos clubes liberales, Emiliano Zapata la invitó expresamente a unirse a las filas del zapatismo donde se le otorga el grado de General Brigadier del Ejército Zapatista, emprende tareas de docente, escritora, periodista y oradora; redactó el prólogo del Plan de Ayala.  Junto a Otilio Montaño se consumó una alianza entre el ejército campesino y el sindicato de maestros de escuela del Distrito Federal.

El 21 de marzo de 1915, por las calles de la capital, desfilaron los contingentes del 1er. Regimiento de la Brigada Socialista de México, Sexo Femenil. Ese día, en la Convención revolucionaria de México, Otilio Montaño expresó: “Vosotros habéis visto a la mujer en masas compactas y eso es muy significativo. Señores, cuando la mujer toma participación en la revolución, permitidme que os lo diga, la revolución se salva…[…]… Hoy se ha levantado la mujer en esta capital y creo que [ellas] han dado una lección a los hombres cobardes.”

Hubo otro sector importante entre las mujeres revolucionarias que se enfocó a la atención a los heridos de guerra como parte de la “Brigada Sanitaria del Sur” del ELS, entre ellas nombramos a la doctora Dolores G. del Pliego, que aceptó el nombramiento de jefa de Brigada Sanitaria del Regimiento Femenil, a las enfermeras Josefina M Altamirano de Cardoso, Angelina Hernández, Adela García Figueroa, María Villaseñor y Jovita Villaseñor miembros de la BSS del Hospital Militar de Cuautla. La Enfermera María de Jesús León Fajardo, se unió al ELS en abril de 1913, fue correo y operó bajo las órdenes de Genovevo de la O, recolectando parque y medicamentos para utilizarlos al servicio del movimiento zapatista.  María Guadalupe Muñiz, enfermera, y combatiente armada.

La situación de carencia que se vivía en septiembre de 1915 queda con registro en una misiva enviada a Zapata por Angelina Hernández “…Señor general. El hospital está muy pobre no tenemos cotín (tela gruesa) para colchones, no hay sábanas, camisones, fundas para almohadas, colchas ni cobertores, todo por lo regular está muy escaso. Nosotras completamente estamos escasas de ropa, no tenemos más que un sol vestido y nomás; es pena decirlo pero a quién manifestar lo que sufrimos…” el doctor Lauro Camarillo jefe de la Brigada Sanitaria del Sur del Ejercito Libertador, le escribe a Zapata “Mis padres han sido saqueados por los carrancistas en Puebla…[…]…han quedado quizás en la miseria y yo, cumpliendo con mi deber de hijo…[…]…voy para enviar por mi familia…[…]…y regresar…[…]…Como carecemos de cloroformo, elemento indispensable, haré lo posible por traerlo, así como algunas otras medicinas que me son absolutamente indispensables…”

Estas mujeres de la Brigada de Sanidad no contaban con pertrechos o los elementos más básicos para los enfermos incluso ni una muda de ropa para ellas mismas y sin embargo pusieron al servicio de la causa todos sus conocimientos y capacidades para salvar las más de las vidas que estuvieron en sus manos.

Estrategia de Odio y Exterminio.

La guerra revolucionaria combatió la estrategia de contrainsurgencia, odio y exterminio huertista y carrancista que hombres como Victoriano Huerta, Juvencio Robles, Venustiano Carranza, Pablo González, Manuel Aguirre Berlanga, Dionisio Carreón, Rafael Cepeda con distintas jerarquías realizaron incursiones militares de secuestro, saqueo y terror contra la población civil desarmada con la política de tierra arrasada.

En 1915 Soledad Rojas por medio de una misiva informa a Zapata:

“Saludo a usted con el debido respeto y con el más profundo dolor le digo: que ayer ya fue sepultado el cadáver de mi hijo, el extinto general Antonio Barona y, a la vez, pongo en conocimiento superior de usted la vileza con la que trataron a mi hijo finado, porque en el lugar de la plaza de Cuernavaca, en donde fue muerto, de allí lo arrastraron con reata a caballo de Anastasio Silva hasta la Leona; que allí inmediatamente fue sepultado el cadáver, mismo le digo que lo trataron el cadáver con tanta burla, porque después de muerto le dispararon muchos tiros en su cuerpo por todas partes, que hasta le quebraron una pierna, la cara la desfiguraron con tanto martirio, las muelas le quitaron a punta de culatazos de sus armas. De lo mal, suplico a usted que yo no puedo conformarme con el maltrato que sufrió mi hijo que tanto a trabajado, no lo habían de tratar de esa manera (…).”[xi]

Como si de vaciar el mar como estrategia contrainsurgente vietnamita[xii] se tratara fusilaron prisioneros, despojaron a los pueblos de su ganado, sus semillas, su ropa, realizaron secuestros masivos, de hombres, mujeres y niños, mantuvieron a familias enteras en cuarteles constitucionalistas de Hidalgo, y otros estados, a otras las desaparecieron. Se masacró a la población civil de Jiutepec, al día siguiente de ocupar Cuernavaca fusilaron a 225 personas.

 En marzo de 1917 el teniente coronel Juan Espinosa Barreda informaba “Jamás se creyó que hubiera rufianes que superaran a los de Huerta. Nunca se imaginó que habría chacales que, bajo el nombre de constitucionalistas, asesinaran de la manera más vil y cobarde a cientos y tantos pacíficos de los dos sexos, sin tener compasión de los ancianos, de los niños ni de las mujeres; estas últimas a quienes violaban antes de morir, de la manera más asquerosa …[…] …Este número de víctimas sólo se concreta a la población de Tlaltizapán y en una sola vez …[…] ¡Un sólo caso de los innumerables! […].”[xiii]

 El 24 de julio de 1917 bombardearon e incendiaron el pueblo de Tlalnepantla, el 15 de octubre Amaro y José Amarillas masacraron cerca de 200 personas del pueblo de Milpa Alta, “Ya luego, un día, los carrancistas sacaron de sus casas a los hombres, niños de quince años de edad, otros doce y trece años tenían, ancianos, jóvenes, hombres fuertes, y los mataron a todos en el mercado… […]. Testimonio de Luz Jiménez, Milpa Alta.” Incendiaron total o parcialmente los pueblos de Tepexuzuca, Joquicingo, Xochiaca, Zapayutla, Atlapulco y Chalma en el Estado de México.

En este proceso hubo “aplicación del código contrainsurgente que implantó el ejército EU en filipinas”[xiv] son artificios legales que no les hacían falta, pero les daban legitimidad para una política de terror intervencionista, se decretaba pena de muerte contra “todo individuo que, sin pertenecer al ejército constitucionalista, camine en un perímetro menor de 60 metros sobre la vía del ferrocarril”.

En 1918 se aprobó la Ley de suspensión de garantías constitucionales enunciadas en los artículos 6,7,9,10,11,13,14,16,18,19,20,21,22 y 25 de la constitución, se crea una iniciativa de ley que establecía pena de muerte por rebelarse contra el poder absoluto de Venustiano Carranza, con castigo de cinco a diez años de prisión a periodistas que atenten contra la paz y el orden firmada con el lema “ constitución y reformas”, a esta guerra se sumaron las publicaciones en la prensa de periódicos como El Demócrata y otros con información apócrifa y declaraciones falsas sobre conflictos por pugna de poder entre los principales jefes revolucionarios con la intención de dividir el proceso y encausando la traición Guajardista que arrebató la vida del General en Jefe de la Revolución del Sur esperando que sin ella él nos dejara.

Pero fue falso que muerto Emiliano se acabó la lucha, la historia nos demuestra que la voluntad de millones de hombres y mujeres por transformar la vida ha sido continuada, que la lucha por la liberación nacional y la liberación social es parte de la lucha de clases y es motor de los cambios, que la revolución social tiene una de sus más fuertes columnas en la lucha de las mujeres revolucionarias.

“En Pozo Colorado [Chiapas], en la seca de 1919, ella fue la que nos trajo la mala noticia (Doña Clotilde, la más valiente correo y experimentada espía). La vimos llegar por un camino largo largo que bajaba del monte. Triste venía con la más última y triste noticia que recibimos durante la rebeldía, la de la muerte y asesinato a traición de mi general Emiliano Zapata. Allí le lloramos mucho.” Teniente coronel José R. Sánchez, Ejercito Libertador.[xv]

A la imagen de muerte del poder los pueblos respondieron entonces ¡No es Zapata, Cabrones! ¡Zapata Vive, la lucha sigue! Grito que hoy sigue enarbolando sublevaciones indígenas, campesinas, estudiantiles, magisteriales, médicas, de mujeres y jóvenes que no nos rendimos.

…Mi general te comunico alerta estamos, los zapatistas al llamado de la patria.

10 de abril de 2022.

Por Lucha

Comisión de Mujeres del PFLN

¡Vivir por la patria o morir por la libertad!


[i] Pineda. 1993. La irrupción zapatista 1911 61-79p

[ii] Legorreta y Bataillon. 2007.

[iii] INEGI. 1910. Tercer Censo de Población de los Estados Unidos Mexicanos 1910

[iv] Toledo et al 2019.

[v] Pineda. 1993.

[vi] García Jiménez, Plutarco E. Tierra Arrasada. La memoria negada de los compañeros de Zapata. 160

[vii] Eduardo Galeano. Recordar.

[viii] Manuel Gil en 1927 para El Universal, narró ese episodio.

[ix] Entre el 31 de marzo y el 4 de junio de 1913, los periódicos La Tribuna, El País y El Imparcial dieron cuenta del alzamiento de las mujeres.

[x] Teniente coronel José R. Sánchez, Ejército Libertador. Intermediaria entre Gral. Rafael Cal y Mayor y Emiliano Zapata.

[xi] Pineda 2019.

[xii] Ibid.

[xiii] La bola. Voces de mujeres zapatistas.

[xiv] Pineda. 2019.

[xv] Teniente coronel José R. Sánchez, Ejercito Libertador.

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